Poesía


ABRAZOS

Tus abrazos
me dicen otras cosas:
son naturopatía pura,
efectiva,
demostrada.
Me decías
que se podían curar
patologías con imanes,
con sus campos magnéticos
y eso, precisamente,
sirvió de ejemplo.
Ahora
no me duele nada.
Se me perdió
el estrés mundial
en tres segundos.
Mis abrazos,
a veces callan,
pero siempre
escuchan.
Su idioma
sin diccionario alguno
lo entiendo.
Algo oral.
Improvisado.
Momentáneo.
Artesano.
Características
de la epidermis
y su propiedad infalible
de hacerse erizo.
Los campos magnéticos
y las pieles
cuando están a gusto
de encontrarse,
de engancharse,
de hablarse
para siempre
o por un ratito.
Sin tenernos en cuenta
a nosotros
para nada.
Pero,
si es verdad que existen
abrazos que matan:
me declaro
suicida rutinario.

AL FINAL

Al final lo dejé todo para más tarde.
Las copas de vino,
la lencería,
bromearte,
decirte a media voz
lo guapa que estás,
lo bien que te queda
ese pantalón ceñido,
lo que te haría si estuviéramos a solas,
lo que te haria.
Preguntarte por tus días,
regalarte frases ingeniosas,
atar mi risa a tu risa,
soltar el amor que se moría por correr,
acurrucarte en el sofá
procurando no destaparte los pies,
prepararte una cena de categoría
con la poca gracia
que me caracteriza.
Los besos necesarios,
las miradas urgentes,
seguir tu perfume y adivinarte desnuda,
comerte lo que no se dice,
mantenerte abrazada en equilibrio,
soldar los daños de ese cuerpecito fino,
dibujar corazones y flechas
a pesar de rozar los treinta
y escribirte un poema
que nada tendría que ver
con este.
AL final lo dejé todo para más tarde
y así me fue.
Y así nos fue.
Y así te fuiste.

ALGUNAS VOCES

Algunas voces dicen:
enfermedades,
violencia,
guerra,
pobreza,
miseria,
hambre
Pues bien,
a mí, África,
me salvó la vida.
Y lo sigue haciendo.

CON LAS TRIPAS

Los versos de mi cabeza
se han mudado a vivir
sobre tu cuerpo.
A la cumbre de tus pechos.
En tus uñas.
En tus dientes.
Al nacimiento de tu picaresca.
Bajo tu nariz.
Dentro de tu boca.
Alrededor de tus miradas:
decentes
o
indecentes.
Al final de la escalera
que me lleva a lo que no se dice:
donde vive lo que no se toca.
Ahora,
te escribo,
con las tripas.

CORAZÓN DE BARRO

Ponte encima, corazón,
que quiero ser el alfarero
para ese cuerpecito
de por sí suave,
hecho de la mejor de las arcillas.
Espero que mis manos
estén a la altura
de ser el mejor.
Pero qué difícil
es modelar
un corazón de barro
que parece piedra.

DE CARNE Y HUESOS

Eres
carne de poema.
Y yo
los huesos
que se erizan
al leerte.

DURICIAS

Despertarme a media noche
en el silencio mortal de la sabana.
Envuelto en luz de soledad de otro continente.
Con la polla tan dura
como duro intuyo el futuro
desde tan lejos
sin ti.
Dura,
como podría quedarse
en un descuido mi alma:
helada.
O lo que sería peor,
de piedra.
Como las callosidades
del mismísimo cansancio.
Como el último latido
de un corazón
muerto.

EN TU HUECO

Rugimos.
El mundo calló.
Los oídos eran totalmente sordos.
Los ojos, totalmente mudos.
Las manos,
cómplices
de todo lo que no se toca.
Las bocas, rotas a base de promesas
se lamían las heridas personales
después de haberlo hecho
con los culos ajenos
y empezamos a confundir
el carmín con la sangre.
Luego, el cielo existió
solo para tener estrellas
y el mundo
solo para tenerte a ti.
Yo, creo, debo existir
solo para rellenar espacios.
Así de triste ando,
viviendo mal escrito
entre paréntesis.
Pues, tomándote la palabra,
tú siempre decías que estaba inmóvil
en el hueco
donde un día como hoy,
pero diferente,
hubo un corazón.
Un corazón
o algo parecido.
Quizá una mierda.
Una puta mierda.
No acababas de especificar.
Nunca lo hacías.
Nunca.

LA VIDA PASAJERA

Ya se van los abuelos.
La eternidad de una noche jamás eterna.
El te quiero de tus labios.
Un amigo; por desgracia.
Mi fe ciega.
Todos los creyentes.
Ya se van las postales.
La lejanía.
Las gaviotas del islote.
El dinero de las putas.
Las putas sin el dinero.
El humo de un último cigarro
y las cenizas de la historia.
El poema acabado que no gustó.
La promesa,
que creo,
por suerte,
no recuerdas.
Ya sa van los amantes con su gemir a cuestas.
El condenado a muerte andando sin querer llegar.
La poca humanidad de quien condena a último suspiro.
El ruido de cien bosques en un único piar desesperado.
La bicicleta hasta el próximo verano.
La gente de las playas.
El cansancio acumulado.
El Sol de abril
recogiéndose
a finales de septiembre.
Ya se va el vagón hacia un lugar desconocido.
La maleta limpia.
La mochila sucia.
Los recuerdos llenos hasta arriba.
EL pasajero triste.
La vida pasajera.
Lo poco o lo mucho que nos queda.
La oportunidad única.
El tren.
Ya se van los abuelos.
Ya se van los padres.
Ya me voy yo, también.

LUCES DE ÁFRICA

Una libreta manchada
de las últimas luces de África.
Un lienzo,
una acuarela,
un paisaje de letras y claros,
un mar tragándose un enorme deseo rojo,
un bolígrafo adicto a estas puestas de amor,
a estas puestas de sol.
Joder,
si ahora mismo vieras
lo que yo estoy viendo.
Joder,
yo no sabía
que el corazón
podía erizarse.

MÁS OSCURO

Hay un color más oscuro en África
que el negro.
Es el que deja tu ausencia.
El de tus transparencias
cuando desapareces.
El del miedo a no tener tu silueta
mejorando un contraluz.
El que me pinta a cualquier hora
mi adición a tu carne.
Hay un color en África
más oscuro que el negro.
El de mi memoria.
El de mi recuerdo.

NOCHE DE SOL

En aquel momento, nuestros ojos,
fueron el reflejo para el mismo sol.
Lo arrastraron lejos. Se llevaron su brillar consigo.
Hacia playas desiertas en horas intempestivas.
Lo conservaron con su luz prendida
hasta justo antes de la tísica luna mañanera
y sus bostezos.
Fue una correlación de instantes únicos.
Un nido de cariño para la memoria.
Aún recuerdo las estrellas
que contamos en el cosmos:
nos inventamos constelaciones, formas y nombres,
más allá de las que tú sabías.
Tirados en una cala apartada
tiritando de humedad.
Felices.
Tu cuerpo
también es moreno en la noche, me dije.
Tu boca cercana, tus manos música,
mientras mi guitarra
buscaba de qué manera sonar.
Aquel momento
tenía más magia
que tu risa;
Quizá es desorbitado
ésto que digo.
No sé.
Nos perdimos en la noche de la Bahía de Rosas.
En una calita sin casas, sin coches,
sin horas, sin ropa:
sin nada.
Nos apartamos hacia donde el cielo daba miedo.
Las toallas, tú y el cielo, saben de lo que hablo.
Yo era algo en aquel instante,
pero no sé qué.
El Sol todavía se mantenía prendido
dentro de los ojos, dentro de nuestras palabras,
dentro de aquella noche con déficit de cobardía
y exceso de atención.
Hubo arrumacos que ardían,
y barcos y naves
que se incendiaban
por navegar o volar
demasiado cerca
de nuestra orilla.
Por mirarnos.
Nos consumimos
a las cuatro y pico de la mañana.
Pesaba el cansancio
y los mil deseos
por cada estrella fugaz
que se nos derretía encima.

RELOJ PARADO

Mis agujas
están más por tu reloj
que por el mío.
Coincidimos ahora,
en este más precioso
que preciso instante
cuando el espacio-tiempo nos abraza,
en quedarnos sin pilas
y también sin ropa.
Un segundero parado
es una cama deshecha para siempre,
dos toneladas de sexo
embistiéndonos como avalancha,
así, a lo bestia: ¡zas!
arrasando con todo,
llenando de vida una habitación,
y un cigarro incapaz de consumirse del todo
negándose a irse definitivamente de tus labios
como mi boca se niega a irse
por toda la eternidad
que es este segundero varado
a orillas de dos mundos en llamas.

VERSOS DE PORTAZO Y MEDIO

Se ha habilitado el resquemor
para más tarde
y eso podría ser de aquí a un segundo
así que de momento
imagina y besa
como fresas y ansias.
Se han abierto las salidas de emergencia.
Las purezas son demasiado ásperas
y a las alturas que estamos
nos hace sombra todito entero:
incluso la altura del betún.
Ya está pensado el último verso
y aunque no me atreva a escribirlo
me sangran lo oídos
de susurrármelo
tantas y tantas veces.
No suena poético amanecer:
desde luego.
Hace el ruido
del peor insulto
al caer al suelo,
rompiendo tus maneras
y las baldosas
repletas de mierda
de la vida alegre.
Sienta como jarra de tiempo
que se vuelca helada
sobre ti.
Mancha para siempre,
como el barniz fresco
antes de que todo brille.
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