La Vida feroz se comerá al lobo

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Pasad a este jardín, a este pulso conmigo mismo, a esta trampa mortal, de vida, para mis monstruos, y cerrad bien la puerta, por si encontraran la salida, que no vuelvan, que no escapen, que no regresen repletos de hambre a habitar enquistados bajo esta capa de piel que creía que me hacía de escudo pero los dejó atrapados dentro. Aunque no creo que lo hagan. Es aquí, en estas páginas a las que estás a punto de entrar, donde la oscuridad se abre paso hacia la luz, poco a poco, y la luz se transforma en flores preciosas y salvajes que antes no existían. Nuevos olores, nuevos colores, nuevos horizontes, nuevos caminos por explorar, nuevos lugares donde perderse, libre, en la escritura, más allá de todos esos monstruos, miedos y prejuicios que antes me poblaban como ciudad esquelética en ruinas. Matar monstruos es lo mismo que ponerles alas y prestarles todo el viento del mundo, para que así vuelen alto y se vayan lejos, más allá de paisajes viscerales, tras montañas infinitas de papeles, muchos de ellos arrugados, más lejos de lo que yo iré nunca, y así perderles la pista, y así hacerlos desaparecer del todo y para siempre. Dependiendo de su tamaño y su ferocidad, se necesitarán más o menos letras, más o menos balas, para borrarlos. Escribo porque de algo hay que morir, y esta es la única manera que conozco de, después, regresar más fuerte. Renacer. Otra vez. Aquí. No olvides que en lo más oscuro del poema está el madero que impide el naufragio y que en mis profundidades puedo ser el primero en ahogarme. Mientras tanto, todavía sigo a flote.

 

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