Infierno de arena

 

La carretera atravesaba paisajes cada vez más yermos:

alguna flor, solitaria, extrañamente colorida,

alguna hierba, seca, punzante, gritaba agonizante,

nacía a los márgenes del camino,

poco más era capaz de nacer allí,

poco más era capaz de permanecer al límite,

que se dirigía al parecer directamente al infierno,

abrazando el fuego de una ola de calor desmesurada,

en pleno agosto, en plenas dunas, en plena nada.

 

La temperatura

más bestial y seca

que he visto en mi puta vida:

52ºC

da igual sol o sombra,

porque no hay sombra

al llegar a las inmediaciones

de Erg Chebbi.

 

Siempre intentado reducir gastos,

siempre buscando lo autentico,

lo acorde con el lugar:

buscamos un albergue

barato de verdad

para pasar dos noches,

hecho de adobe, todo él,

precioso, realmente bello,

de torreones de arcilla,

sin electricidad

ni comodidad alguna

a orillas del mismo desierto,

en arena podía mojarme los pies

siempre que quisiera

como si intentara refrescarme.

 

Un lugar donde las velas se derretían solas,

donde para no deshidratarte bebías agua caliente,

donde sacábamos las colchonetas al exterior

buscando las minúsculas gotas de aire

que se decidían a pasar por aquel paraje hostil,

aprendiendo de los hombres azules

que jugaban en casa,

los hombres de arena,

y se bebían el té ardiendo,

vestían manga larga

y usaban turbante

mientras respiraban

llenando sus pulmones

con cincuenta grados

de asfixia

igual que mis adentros,

caverna de dragones.

 

Me repetía una y mil veces,

que peores noches habría pasado,

que en peores plazas habría toreado,

que de peores mierdas habría salido,

tan lejos de poder respirar a gusto,

de poder sentir el baño esperanza

de una brisa marina o montana.

 

Conseguí dormirme a las tres de la madrugada,

después de un alarde de inteligencia,

cuando me tiré por encima los dos botes de alcohol de farmacia

que llevaba en el botiquín por si las moscas y las heridas:

qué refrescante es el alcohol

y qué seca deja la piel después.

 

Así, empapado en alcohol,

completamente, ropa incluida,

tirado en el patio exterior,

sin fuerzas ni para contar estrellas,

conseguí pegar ojo.

 

A las cinco y pico

me despertaba de sobresalto

atacado por miles de granos de arena,

la boca mascando tierra, los ojos rasposos,

picor en todos los lugares de mi cuerpo,

la peor tormenta de arena que he sufrido

( La otra fue en Senegal y al lado de esta parecía un chiste)

me estaba echando de allí,

con su particular buenos días,

no se veía nada.

 

Quizá sí,

quizá ha sido la peor noche de mi vida

hasta el momento.

 

La segunda noche

perdí el dinero,

pero me fui de allí:

con vómitos y fiebre

para tres días.

 

Yo solo quería ser la flor colorida y solitaria,

o la hierba punzante y seca

que aguanta ese calvario

o la sombra de un hombre azul,

de un Bereber,

pero solo fui

un mortal más

aprendiendo a valorar la vida.

 

(He regresado otras veces y estoy enamorado del desierto y de Marruecos,

pero en agosto ya no me van a volver a ver por allí)

 

 

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