Rufiji: Río de la muerte

 

Río Rufiji

se llama,

en mi idioma:

pánico al agua.

 

El sur de Tanzania

es un vergel de tierras eternas,

llanuras inabarcables

donde crecen los sueños y los miedos,

a la misma velocidad,

atravesadas por cauces

gigantescos

repletos de vida,

o de muerte,

según se mire.

 

Desde la aldea

cansado de trotar por caminos de polvo

y pelear contra hordas de moscas Tse-Tse

durante todo lo que duro el caluroso día,

Me acerqué al embarcadero

para divisar un atardecer único

y estirar un poco las piernas,

pero los pescadores allí presentes,

mientras faenaban y sacaban la pesca

de las tripas de la barcaza de madera,

comentaban,

que la puesta de Sol

era mucho más impresionante

un par de kilómetros aguas arriba.

 

En ese momento,

empezó

el regateo

para conseguir

que algún buen hombre

me llevara

al lugar correcto

por un módico precio:

tardé poco en conseguirlo,

el Sol empezaba a deshacerse

y los rojos, de todos los tonos imaginables,

 se reflejaban en el agua.

 

Aquel no era un río amable:

algo había leído ya

anteriormente,

pero la barca era robusta,

estable, se encontraba en buenas condiciones,

y, cosa importante, muy importante,

funcionaba con un potente motor:

eso me salvó el pellejo.

 

Llegados a un punto

un montón de bultos

sobresalían del agua

casi tapiando por completo

el ancho del caudal

de un meandro del río.

 

El barquero comentó,

con una sonrisa

tranquilizadora:

kiboko, kiboko.

Kiboko, en su lengua,

es hipopótamo,

en mi idioma

volvía a querer decir:

pánico atroz al agua.

 

Yo decía de volver,

insistentemente

repetidamente,

él decía que no pasaba nada,

había encontrado un hueco

por el que seguir la travesía,

pero que me agarrara

a la barandilla del barco

más vale prevenir.

 

Evidentemente,

cuando creíamos haber pasado

la gran manada

y que todo estaba en orden,

un golpe fuerte en el lateral

hizo de la barca una campana,

y una masa gris gigante

emergió del agua en cosa de segundos,

y el patrón casi cae al agua,

y yo casi muero del susto

agarrado, por suerte,

a la barandilla:

soy un chico obediente

cuando tengo miedo.

 

Metió a toda hostia el motor,

el ruido hizo volar pájaros de colores

que para mí eran putos cuervos negros

buscando sacarme los ojos,

y ojalá me los hubieran sacado

dos minutos antes,

nos abríamos paso río arriba

pero el pesado animal nos seguía,

a velocidad espantosa,

asomando la cabeza de vez en cuando,

  dos pequeñas orejitas y dos pequeños ojos

  a modo de periscopio,

para que no paráramos ni a coger aire.

 

Fueron como mucho

dos o tres minutos,

IN TER MI NA BLES.

 

volvió la calma,

el barquero

volvió a sonreír

y dijo de continuar,

supongo que acostumbrado

a inesperados instantes salvajes,

yo me puse como un loco,

mientras mi rostro

recuperaba paulatinamente el color,

y le dije que me volvía andando

resiguiendo la orilla

hasta en embarcadero.

 

Me dijo que no,

aquello era la famosa Reserva de Selous,

había otros animales deambulando por la zona

y se estaba haciendo irremediablemente de noche.

 

Volvimos por el río,

sin acabar de llegar a destino,

sin poder disfrutar la puesta de Sol,

me senté en el suelo de la barca,

me encogí, pensé en otras cosas,

y que fuera

lo que la naturaleza quisiera.

 

Afortunadamente

la vuelta fue muy tranquila,

el sol se ponía casi totalmente,

las acacias eran majestuosas,

repletas de monos y aves,

brincando y cantando,

parecían realizar una coreografía

para darle la bienvenida a un superviviente,

el agua estaba totalmente calmada,

muy roja, más roja que nunca:

yo no sabía ver otra cosa

que no fuera sangre.

 

Desde ese momento

hasta hoy,

jamás he tenido

una buena experiencia

sobre una barca.

 

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Puesta de Sol sobre el Rufiji
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